Saudade... há gente que fica na história da história da gente

As coisas vulgares que há na vida
Não deixam saudades
Só as lembranças que doem
Ou fazem sorrir

Regatas de dornas anos 50 gravadas por Leal Soto (Do Arquivo Social da Memoria de Vilagarcía)

sábado, 18 de julio de 2009

Mis memorias náuticas (2): Las piráguas y el Iguazú


En la terraza de la casa de mis padres, había montado un pequeño taller de ribera, donde podía hacer unas piraguas de cuatro metros, por un coste próximo a las veinticinco pesetas. Traía del almacén de maderas, una tabla de dos centímetros y medio de grosor, cuatro centímetros de ancho y cuatro metros de largo, así como unos cuantos barrotes de madera de pino rojo de unos cuatro con veinticinco centímetros de largo y veintiuno y medio de ancho, con el mismo grosor. Tenía unos mondes para construir la costillas, y para forrarlas empleaba lienzo de los sacos de harina que por aquel entonces costaban dos pesetas cada uno. Utilizaba pequeños clavos de metal para clavar al lienzo y un poco de aceite de linaza al que se le daba color. Estos eran los elementos necesarios para construir estas piraguas, que las hacia como churros. Para navegar en ellas me ponía de pie, y apoyando los tobillos en las tablas de las bañeras, podía ir remando de pié, hasta la boya de la escollera y volver.

Como yo ya trabajaba cono agente comercial, le solía comprar a una empresa de Talavera de la Reina tabales de sardina prensada. Por tal motivo solía venir de vez en cuando un representante de esta casa llamado Martín, a quien le conté mi afición al mar y a la construcción de piraguas. Cuando le dije lo que me costaban, el me propuso comprare piraguas a ochocientas pesetas. Pero yo me negué, pues no quería mezclar el negocio con el deporte.

Por ser uno de los pioneros construyendo piraguas, así como el iniciador de las regatas da piraguas en el río Úmia, la Diputación de Pontevedra me regaló un carriño de bois de plata, al igual que a otras cuatro personas de distintos puntos de la provincia.

En un ocasión había visto en una revista un invento danés consistente en un rotor, un palo de acero con una hélice, y a la altura de la botavara de los, balandros, tenía una especie de caña de timón para orientar las hélices a dirección al viento. Se trataba de suplir la vela en los balandros. Visto este invento, yo preparé en la piragua un palo con una hélice que llevaba en el medio un piñón de bicicleta. Después de tener todo preparado esperé un domingo, pues a la salida de la misa de las doce, solía venir a pasear por el muelle de Hierro bastante gente. Entonces salí con el mencionado invento, que en realidad navegaba muy poco. Cuando iba con la piragua, cerca del muelle, me llama el Sr. Aguirre, aviador, que posteriormente murió en la Guerra Civil, interesándose por el invento y me felicitó por el mismo. Yo quedé muy satisfecho por el éxito que había tenido con el rotor.

Al perder el Albatros me había quedado sin barco para navegar a vela. Encontré en un librito argentino un modelo llamado Iguazú. Era un pequeño velero, sólo con la mayor y con orza abatibles. Preparé en la terraza de casa una luz, pues como tenía que trabajar de día, sólo podía dedicarme a mi afición por la noche. Esta embarcación llevaba tornillos de metal y como todavía no había destornilladores eléctricos, de tanto atornillar, me salieron ampollas en la mano derecha. Finalmente, como veía que poco avanzaba el barco, llamé a dos carpinteros de Saavedra que a la salida del taller venían a ayudarme.
Poco a poco el barco iba avanzando, con gran interés de los vecinos de ambos lados de la casa. A su remate monté dos andamios a ambos lados del murete que tenía la azotea y esperé una marea alta. Cuando llegó, fue bajando con gran regocijo de la gente de casa, como de los vecinos que seguían la botadura, con gran interés. Al llegar al mar el barco, aplaudieron aquel momento. Ya con el Iguazú en el mar, pude apreciar que por un fallo en la interpretación de los planos había cometido un error, ya que debía haberle dado más manga. Así que tuve que construir una orza de plomo para corregir el error.
Con este balandro navegué poco, pues como sólo podía ir yo, pronto me aburrí.