Saudade... há gente que fica na história da história da gente

As coisas vulgares que há na vida
Não deixam saudades
Só as lembranças que doem
Ou fazem sorrir

Regatas de dornas anos 50 gravadas por Leal Soto (Do Arquivo Social da Memoria de Vilagarcía)

jueves, 4 de junio de 2009

Mis memorias náuticas (1): Los inicios y el Albatros


Como vivía muy cerca de la playa, aprovechaba los momentos libres para hacer barcos en la arena con forma de chalana, que era la más fácil de hacer.
Al marcharnos a vivir al barrio del Ramal, había allí un gran solar donde almacenaban pinos. Aprovechaba las cortezas y frotándolas con una piedra, les daba forma de un barco. Les ponía un cristal algo grande de timón y que también hacía de orza, y un palo y un papel, sujeto con un cristal más pequeño. Mis amigos y yo echábamos estos barcos al agua y viéndoles alejarse, nos imaginábamos que íbamos en ellos, con toda la ilusión.
Poco tiempo después un chico llamado Caíño me regaló un balandro de juguete, y en la bajamar, desde el muelle del Ramal hasta el muelle de Hierro, me pasaba grandes ratos con él. A esta rampa solían atracar veleros cargados con ladrillo y teja. Yo nunca fumé, pero mi padre que era fumador, tenía en la cómoda grandes ruedas de “mataquintos” que yo le sustraía para dárselos a los marineros. Así nos dejaban la chalana a Benigno Berengua, que era un buen singlador, y a mi. Yo en la proa, viéndola surcar al agua, era completamente feliz. Solía atracar en la rampa un bonito velero de dos palos, llamado el San Manuel, tripulado por un padre y su hijo, que era muy aficionado a tocar la flauta, y los días vísperas de festivos, que se marchaba el patrón a Dena, podíamos disfrutar de la chalana todo el día.
Estos marineros conocidos como “Cosacos”, que comían en la misma palangana en que se lavaban, a la hora de comer tenían costumbre de preparar una caldeirada de patatas y pescado, con aceite y pimentón, que despedía un buenísimo olor. Hasta el extremo de que un vecino llamado Aníbal Díaz, les propuso canjear su comida por la de ellos, de lo buena que estaba.
Empecé a ir al Colegio León XIII y cuando regresaba a casa, siempre me paraba en un arenal de La Marina, donde reparaban las gabarras. La playa estaba separada de la calle por un muro de piedra, en donde me sentaba oyendo el ripequetear de los que metían la estopa por las rendijas, mientras la pota estaba al fuego llena de alquitrán con sebo, que despedía un olor muy de mi agrado. Y allí me quedaba sentado hasta que se iban a comer.
La primera embarcación que construí estaba hecha con una especie de tina donde comían los cerdos, pero sólo podía sostenerse una persona, por lo que pronto la deseché.

FOTO 1. Bote de las antiguas gabarras, que nos dejaban para que pudiésemos navegar. En la foto, Marcelino Penide y yo mismo entre otros.

La segunda era una chalana hecha con madera de cajones. Pero eran tan cortas las tablas, que a los lados tenía que poner unas espigas de madera para poder clavarlas, por lo que la chalana tenía forma de rombo. Tenía que alquitranarla en la cocina de mi casa a costa de la gran paciencia de mi madre que lo toleraba. Aún con todo ello, la embarcación hacía mucha agua.
Por fin un día pudimos salir con ella de delante de las oficinas de Sota y Arnaz. Benigno Berengua remaba y yo achicaba. Nuestro destino era la rampa del muelle del Ramal, a donde llegamos con la chalana llena de agua. Como resultado, el contramaestre encargado de vigilar la zona, llamado “Cabezón”, fue a decirle a mi padre que nos impidiese salir con la chalana porque íbamos a tener un disgusto y así se evitaba una desgracia. Así que mi padre nos prohibió salir con ella y de este modo acabó esta aventura náutica.


Posteriormente pude reunir un poco de dinero y compre un poco de madera de pino rojo para construir otra chalana. Cuando entré en el almacén de maderas, me parecieron las riquezas del Conde de Montecristo. No tuve duda de que con esta clase de madera, la construcción de la chalana resultaría bien. Y así fue, aunque podía haber sido mejor. Podía remar por la bahía y disfruté mucho con ella.
Pero un día al ir a buscarla, vi que no estaba en el sitio donde la tenia amarrada. Me paseé por todo el litoral buscándola sin aparecer. Tenía un gran disgusto. Hasta que apareció. ¿Que había pasado?
La culpa era de Luis Tourón, que estaba de maestro en Portonovo y había construido un velero tipo Anduriña (que era una clase nueva) en A Coruña y había venido a Vilagarcía. Al fondear en el muelle del Ramal, para buscar al balandro, no se le ocurrió otra cosa mejor que coger la chalana, con el consiguiente susto y disgusto para mi.
Seguí saliendo con la chalana, hasta que un día de temporal, se estrelló contra la playa, pues no tenía abrigo ninguno. Se rompió totalmente y fui recogiendo sus restos por la playa de la Concha y Compostela.
Posteriormente construí una piragua que tenia forma de rombo, por aprovechar los cajones del Bazar X, en donde trabajaba, y para recubrirla empleé lienzo de los sacos donde antiguamente venía la harina. Tendría tres metros de eslora, con las proas muy lanzadas. La pinté de verde con dos franjas blancas y un dibujo de una piragua egipcia. Esta piragua me costó baratísima y disfruté grandemente con ella.
Tras esta, intenté construir un bote en el portal donde vivían mis padres. Este portal era muy pequeño y ya tuve dificultades para poder trabajar en él. Construí todo el costillaje, con la proa y la popa, pero fallé al emplear madera de pino, cuándo debía de ser de roble.
Mi amigo Minchín y sus hermanos, José y Ventura Padín, se hicieron con una embarcación, llamada Gibia. Esta embarcación había sido de la familia Garra, y o bien se la compraron o se la regalaron a los hermanos Padín, por la amistad que tenían con esta familia. El caso es que pude empezar a navegar a vela. Solo tenia la vela mayor y por ello no podía bolenar bien, pero a la aleta o empopa navegaba muy bien. Era un modelo para la playa y se podían llevar hasta veinte personas sentadas, con los pies en el agua. Con esta embarcación di mis primeras clases de la navegación a vela. Como la guardaban en el almacén que tenían los Garra en el Barrio de la Prosperidad, a mi me quedaba muy cerca de la casa de mis padres, y por ello podía cogerla y disfrutarla fácilmente.
Otras embarcaciones en las que aprendí la navegación a vela fueron las bucetas de Carril, con mi amigo Luis Viqueira. Como para mariscar tenía que estar la marea baja, se las dejaban cuando estaba la marea alta, que era lo que a nosotros nos interesaba. Disfrutamos mucho con ellas, llevando alguna chica hasta las islas Malveiras y Cortegada.
Con estas y otras cosas yo quería tener un balandro.
Por aquel entonces, los socios del Real Club de Regatas Galicia trajeron unos balandros de seis cincuenta que habían comprado en Cantabria. Se llamaban Cisco y Folerpa, de D. Wenceslao González Garra, Mariposa y Ditú, de D. Francisco Villaverde, Gerundio, de D. Saturnino Calderón, Pichuca, de los hermanos Reboredo, y finalmente el Mosquito de los hermanos González Alegre. De los balandros de Vigo también recuerdo algún nombre, como el Besbello, pintado de amarillo y con vela Marconi, propiedad de D. Carlos Bacena, Ardo o Eixo, Gustevé y el Nanu, del Sr. Barreiro, que había sido presidente del Club Náutico de Vigo.
Con estos balandros se hacían unas regatas con la salida próxima a la cabeza del muelle de Hierro, donde había colocada una boya, y hacían un triángulo, al faro de Ferrazo y al faro de Carril. Eran dos vueltas, y según de que sitio soplase el viento, así salían dichos balandros. En esta cabeza del muelle siempre que había regatas, se reunía un pequeño grupo de aficionados que solían tener grandes discusiones, pues cada uno tenia su favorito. Estos balandros habían sido construidos en Francia con madera de cedro y tenían una orza de plomo de mil kilos de peso. Las velas, la mayor y el foque, eran de seda doble, fabricadas en Lyón.
En general destacaban los balandros de D. Wenceslao González Garra, pues el Cisco era indicado con poco viento y el Folerpa, más apropiado para vientos duros. Por esta circunstancia, tenía en su mansión de la Comboa, una habitación sólo para guardar y exponer las copas, una de ellas de su Majestad.



FOTO 2. Regatas de balandros de la clase 6,50 del Real Club de Regatas Galicia. El Folerpa y el Mariposa que tantos éxitos tuvieron en aquella época.

Después de haber visto regatear a estos balandros, cada vez estaba más decidido a tener el mío propio. Acababa de empezar una nueva vida, ya que al acabar de estudiar en el colegio León XIII a los quince años, empecé a trabajar en el Bazar X. No sabía lo que ganaba, pues el sobre se lo entregaba a mi madre y ella me daba una pequeña cantidad para ir al cine. Pero ahorraba este dinero, porque Benigno Berengua y yo enrocábamos las películas después de haberlas proyectado y todos los jueves teníamos el cine gratis en casa de Moncho Reboredo. Además en el ático de la casa de mis padres había instalado una carpintería donde hacía algunos juguetes que se vendían en Reyes, por lo que pude reunir una pequeña cantidad de dinero. Cierto día le planteé a mi amigo Minchín mi proyecto de construir un balandro. Este amigo escribió a Londres, pidiendo unos planos para construirlo, y como la familia tenia un bajo, desalquilado en la calle de la Baldosa, empecé a saborear mi gran ilusión.
Tenía pocas herramientas y poco tiempo, pues tenia que trabajar al salir del Bazar. Era el año de 1935 cuando empecé a construir este balandro. Preparamos el local y colocamos una mesa de ping-pong, para que los amigos que solían venir a ver como iba la construcción, pudiesen jugar una partida al mismo tiempo que me hacían compañía. Compre un tablón grande para la quilla y para hacer el hueco de la orza, tuve que aserrarlo con una sierra pequeña de punta, a la que tenía que untarle sebo y jabón, pues se calentaba e incluso se doblaba de tanto aserrar. Por fin lo conseguí con mucho trabajo.
Para hacer la roda del balandro Minchín y yo fuimos a Lantaño en bicicleta, a casa de D. José Gallego, donde conseguimos un gran trozo de madera de roble. Y para el regreso en bicicleta, éramos casi tres contando con el madero que pesaba lo suyo. En un día festivo en que Minchín me ayudaba a construir la roda, sujetándome el madero para que yo lo fuese trabajando con un hacha de los carpinteros de ribera, en un descuido le corté un dedo. Minchín empezó a dar vueltas por el local soplando al dedo y por un lado de la boca, cosa que hacía cuando se ponía nervioso, y yo detrás de él. Subimos a su casa dónde su padre le curó la herida que afortunadamente no fue gran cosa y después se empeño en que nos quedásemos a merendar, por lo que aquel día se terminó el trabajo.
Tuve que instalar la caja de la orza, tras haber colocado la roda y la popa. Al terminar todas estas tareas, empecé con las tablas de los costados. Como no tenía sargentos, para colocar dichas tablas, que eran de pino rojo de las compradas nuevas, ponía a funcionar un calentador eléctrico, donde calentaba el agua para llevar las tablas a su sitio con los cordeles. A veces estas tablas no ajustaban bien, por lo que debía valerme de un cepillo de carpintero para corregir esas diferencias. Esto ocasionó que el calafateado no fuera perfecto y hubo que corregirlo para evitar que el balandro hiciese agua.
Al terminar con la tablas de costados, tuve que empezar con la cubierta, y para economizar dinero, empleé madera de cajones. Pero como eran muy delgadas tenía que reforzar para darles más fortaleza, así que empleé unas maderas mas gruesas para unirlas. Estas maderas estaban separadas de la tablas de los costados unos cinco centímetros. Para cubrir ese hueco, usé madera de pino rojo, y cubría las maderas de los cajones con lienzo de los sacos harineros que lijaba y después, les daba tres manos de pintura blanca. Dicho listón de cinco centímetros, sujetaba el lienzo por un lado, y por el otro las tablas de la bañera. El caso que me quedó bastante bien, pues entre una y otra mano de esas tres manos de pintura que le daba al lienzo, le daba una pasada con lija muy fina.
Cuando llego la hora da la orza y los herrajes, fui junto a mi padre, que me llevó a ver a los herreros que trabajaban para S.G.E.G, que me dejaron todo muy bien. Mi padre se encargó de pagarles, por tal motivo no me costó nada este material y me fue de gran ayuda. También uno de mis hermanos, Monchete, que estaba de maestro en Cástrelo do Miño, me regaló cien pesetas, que en aquellas fechas era una cantidad bastante importante.
Las velas me las hizo el Moreno de Carril, con quién tenía bastante amistad. El palo también me lo regaló mi padre. Era uno de los postes que empleaban para la luz, que venían de Escandinavia.
Tenia la ilusión era poder ir al puerto de Carril, a las regatas de San Fidel, que solían ser sobre aquellas fechas. Aprovechando un juguete que tenía llamado Monomibles, me fui con el balandro a la rampa del Cabadelo, y luego por mar, lo llevé hasta la playa de Cachúmbula, poniéndole una bandera roja, pues el balandro estaba semisumergido para que hincharan las maderas.
Estuve muy nervioso toda esa noche y a la mañana siguiente en el bazar donde trabajaba, y al mediodía, después de salir de trabajar, me fui a ver el balandro. Con lo que vi, pensé que me iba a dar algo.
Un galeón le había pasado por encima y me dio una impresión tremenda al verlo como estaba, lleno de algas.
Cuando se lo dije a mi padre, viendo que estaba muy nervioso, me llevó a ver a unos carpinteros de ribera, uno de ellos llamado Sr. Torrado. El vio los daños sufridos y me dijo que como yo lo habla construido, pues también tenía que terminarlo, y me explicó como tenía que hacer para que no coincidiesen la tablas en las uniones. El caso fue que en una semana de arreglos el balandro quedó listo para navegar.


FOTO 3. Regatas de bucetas patroneadas por mujeres en las fiestas de San Fidel de Carril, tradición centenaria.

La botadura de este balandro fue en el año de 1935. Había huelga del sindicato de Comercio y no se trabajaba. Aun así yo todos los días iba al Bazar X. pero el dueño, Dalmacio, me decía, “márchate que me van a romper las lunas”. Por ese motivo pude navegar todos los días de la semana. También presencié el vuelo del hidroavión de la Escuela Naval Militar de Marín, que venía a bombar a los escapados del bando contrario, que estaban escondidos en el monte Xiabre.
En la primera salida, íbamos en el balandro los tres hermanos Padín y yo. Nuestro destino era la playa de Compostela que en aquellas fechas estaba de moda. Pero la salida fue muy precipitada, al ponernos a arreglar aquel revoltijos de cabos. La caña del timón la llevaba José Padín, el que había amarrado la escota de la vela a la cornamusa. Vino una racha de viento que le cogió desprevenido y el caso es que el balandro dio la vuelta. Minchín que había quedado debajo de la vela, asomaba la cabeza en el agua y soplando por un lado de boca, como solía hacer cuando se ponía muy nervioso, insultaba a José. Pero Minchín al querer hablar tragaba agua y se hundía y al volver a salir y volvía insultar a José y volvía a tragar agua y a hundirse. Hasta que un bote que estaba cerca de nosotros nos remolcó hasta la playa cercana, donde achicamos el balandro y al poco rato ya estábamos navegando nuevamente.
Fueron muchas las travesías que hicimos por la ría.
En una de ellas mi cuñado Rapallo y yo fuimos a Póboa do Caramiñal, con viento baste duro, tanto que entraba agua por la bañera y a parte que por estar el balandro mal calafateado, también entraba el agua por las juntas de la tablas, por eso toda la travesía tuvimos que ir achicando agua. Así que nos paramos en Póboa do Caramiñal, y al regreso fuimos directamente a varar a la playa de la Concha.



FOTO 4. Foto del Albatros, el primer snipe que navegó por el mar de Arousa.


Otra vez con destino a Rianxo, iban los hermanos Viqueira con un viento bastante fresco, al extremo que uno de los obenques se rompió, y gracias a que viré rápidamente evité la ruptura del palo. Lo único que pasó fue que tuvimos que regresar a Vilagarcía, quedando pendiente para otra día el viaje a Rianxo.
Pero mucho días salía solo, dándole mucho disgustos a mi madre, pues por una causa u otra siempre llegaba tarde. Una de la veces se me ocurrió meterme por el río Ulla, para ir a Catoira con la marea subiendo, por lo que la travesía hasta Catoira fue muy rápida. Lo malo fue que cuando quise volver, no había manera, pues cada bordada que hacía, siempre estaba en al mismo sitio. Así que tuve que armarme de mucha paciencia y esperar que la marea empezase a bajar. Pero con todo llegué a casa muy tarde, estando mis padre tan preocupados, que ya iban a acudir a la Comandancia de Marina. Y eso que yo, que canto muy mal y sin ganas, venía cantando por si los tranquilizaba un poco si me oían desde el piso cuya azotea daba al mar.
En la Playa de Compostela tenia mucho éxito con el balandro, pues siempre, tenia alguna chica o chicas que se decidían subir. Otras veces fue con algún hermano Novoa u otros amigos. El caso que estaba muy solicitado. Al llegar el invierno hubo que guardarlo y como en el piso de mis padres vivía el ingeniero del puerto, señor Toriello, mi padre le pidió que nos dejaran guardar el balandro en el almacén del Ferrocarril del muelle. Construí unos caballetes de madera, donde quedó muy bien instalado.
Pero un día la lechera de casa nos avisó de que el balandro estaba en la acera de la taberna de la Sosina. Me trasladé allí, donde estaba sin daño ninguno ¿que había pasado?. Pues el factor del almacén, con unos amigos, después de haber bebido algo de más, me quisieron gastar una broma. Pero la broma les salió pesada, pues tuvieron que volver a cargar con el balandro para el almacén.
Poco tiempo después me llamaron a filas, y estuve incorporado, en el servicio Militar en la estación del F.R. de Vigo. Como los domingos no se trabajaba, en estos días libres, mi destino era el Berbés, también el Náutico de Vigo, donde tuve la oportunidad, de presenciar dos regatas de snipes, entre portugueses y vigueses. En estas regatas se hacían con vientos muy fuertes. Unos de estos balandros, que venían navegando en popa con oleaje, con la velocidad que llevaba una de las olas hizo que se sumergiese como un submarino. Estos muelles son hermosos, pues casi siempre, suele haber algún trasatlántico y ver descargar a los barcos pesqueros del Berbés siempre es muy entretenido.
Después de mi licenciamiento que fue en el mes de Octubre del 1938, seguí disfrutando del balandro que por cierto se llamaba Albatros. Contaré un anécdota que ocurrió, con motivo de la boda de Luis Cordal Carús. Le servía la boda un importante restaurante vigués. En el camión, que traía lo necesario para la boda, venía un soldado, viejo conocido mío, que me venía a hacer una visita. Yo, queriendo ser complaciente con él, le invité a dar una travesía en el balandro. Dicho paseo resultó bien, pero al querer desembarcar en el muelle de los Carabineros, mi invitado puso un pié muy cerca del costado y se cayó al agua. Como venía con lo puesto, no se me ocurrió otra cosa que llevarlo al horno de Camilo Mera para que le secasen la ropa. Allí le prestaron una manta para taparse mientras se le sacaba la ropa. Creo que este amigo no se olvidara nunca de esta aventura en el Albatros.
Otra aventura en el balandro fue ya cuando me había casado y aunque a mi mujer no es muy aficionada a las deportes marítimos, la convencí un día para ir a comer a Cortegada. Al llegar a dicha isla la marea estaba alta, comimos cómodamente, y después los dos nos fuimos a dormir. Cuando despertamos la marea estaba muy baja, y el balandro había quedado bastante lejos del mar, y ya empezaba anochecer. Me fui a pedir ayuda del guarda, quién me dijo que tenía lumbago y no me podía ayudar. Cuando regresaba de hablar con él, vi a un grupo de jóvenes, algunas llorando, alrededor de una hoguera. Al acercarme me dijeron que habían ido a la isla con unos jóvenes que se habían ido por el mar abajo y estaban desesperadas, pues en sus casas sus padres estarían muy preocupados por la hora que era y ellas no habían regresado. Les dije que no se preocupasen y que yo las llevaría, pero que me tenían que ayudar a echar el balandro al mar. Así lo hicieron, y en un viaje llevé a Carril a la mayoría de la jóvenes, quedando en la isla mi esposa y el resto. Después de haber dejado a estas jóvenes, volví por las otras y por mi esposa, haciendo la misma maniobra. Y después pusimos rumbo a Vilagarcía. Pero con todo esto era ya bastante tarde. Cuando llegamos a casa ya estaban muy preocupados por nosotros, que habíamos corrido una aventura mas.
A mi me gustaba madrugar por la mañana antes de ir a trabajar. Ya no estaba en el Bazar X y trabajaba como representante. Solía repartir cada madrugada de la semana para distintos deportes: navegación a vela, piragua, bicicleta, frontón y salto de altura y natación.
La vida del Albatros duro hasta el año de 1945, doce años. Y su fin fue que un día Nené Álvarez me lo pidió para ir a la playa de las Sinas. Parece ser que al regresar a Vilagarcía se levantó un viento fuerte del Noroeste, y no pudieron remontar la escollera de Ferrazo. Allí quedo en Canelas mi fiel amigo, en el que tantos momentos buenos y también momentos difíciles pasé. En este snipe aprendí a navegar a vela, pues mis otras primeras experiencias, en la Gibia y en la buceta de Carril no se pueden comparar con el snipe, que por tener dos velas, es un balandro de competición. En este no volqué nada más que una vez, que fue la primera vez que salimos y para eso, yo no llevaba el timón. Fue uno de los muchos momentos difíciles que he pasado con el Albatros.
Haciendo balance de los muchos trabajos que pasé para construirlo y lo mucho que disfruté, el resultado es que me compensó muchísimo. Este es el ejemplo de que hay que hacer muchos sacrificios para conseguir algo.

1 comentario:

Wenceslao dijo...

Muy interesantes sus memorias nauticas, sobre todo cuando recuerda los veleros de mi abuelo, el folerpa y el cisco. El cisco todavia existe, lo tengo en la casa de Comboa, cuando quiera pasese a verlo, le recibiré encantado. Espero tener algun día tiempo y dinero para restaurarlo. Un saludo.